Entré en la sala para una entrevista final. En un momento dado, sentí que ya estábamos trabajando juntos.
Optaba a un puesto de dirección de compras para Europa. Tras varias entrevistas online, viajé a una planta de fabricación en Berlín para reunirme con el directivo que tomaría la decisión final y que sería mi jefe.
Estaba tenso. No nos conocíamos y no sabía qué esperar.
Me explicó cómo estaba organizada la función de compras y me preguntó qué haría durante mis primeros seis meses.
A medida que explorábamos los retos, la conversación se fue haciendo más compleja. Vi una pizarra en la pared.
Me levanté, cogí un rotulador y empecé a plasmar mis ideas: las prioridades, algunas propuestas y cómo podría estructurarse el equipo.
No intentaba impresionarle con una técnica de entrevista. Simplemente me pareció la forma más clara de explicarme.
Entonces él también se levantó.
Empezó a aportar ideas, plantear preguntas y desarrollar lo que yo había propuesto. Estábamos explorando el problema juntos.
Al terminar la entrevista, sentí que habíamos conectado de verdad. Había llegado preguntándome qué me preguntaría. Me fui sabiendo cómo era trabajar con él en un reto de negocio.
Finalmente conseguí el puesto. No puedo saber cuánto influyó aquel momento en la decisión, pero recuerdo lo diferente que se volvió la conversación.
Al mirar atrás, veo cómo hacer visible mi forma de pensar cambió tanto cómo me sentía como nuestra manera de interactuar.
Seguía siendo una entrevista final. Lo que estaba en juego no había cambiado. Pero, mientras trabajábamos en la pizarra, me fui centrando más en el reto de negocio y menos en el hecho de que me estaban evaluando.
En aquel momento, acercarme a la pizarra fue algo intuitivo. Solo después comprendí cómo una acción tan sencilla había cambiado la conversación.
En mi trabajo como coach ejecutivo, ayudo a mis clientes a reflexionar sobre experiencias como esta: qué les ayudó a avanzar, qué pueden aprender sobre sí mismos y cómo pueden aplicar ese aprendizaje a los retos que afrontan ahora.